El Abrazo de la Serpiente… Bienvenidos a la ceguera 2


Imagen vía: Fan Page El Abrazo de la Serpiente - Fotografía de Andrés Córdoba Barraquer.

Imagen vía: Fan Page El Abrazo de la Serpiente – Fotografía de Andrés Córdoba Barraquer.

“Te haces viejo cuando tus amigos, los más cercanos, se van y sientes próximo el cerco de la muerte”

D.L.

Desde la pena de no poder volver a dialogar con los libros o las columnas de Umberto Eco intento este texto.

Empezaré por agradecerle a Ciro Guerra no haber quemado la película porque, ya lo dijo Eco, “los malos poetas publican sus libros, los buenos los queman”.

Había decidido darme tiempo para ver El Abrazo de la Serpiente porque las reseñas de la película me remitieron a un par de textos, entre otros German Castro y Eduardo Galeano y, por supuesto, a Herzog. Consideré que necesitaba un poco de olvido, necesitaba que la memoria cediera.

Me sorprendió la llamada de ATmedios y el proyecto de hacer audio descripción (técnica de descripción de la imagen para acceso autónomo e independiente de las personas ciegas y con baja visión al contenido de materiales audiovisuales) de El Abrazo de la Serpiente. El proyecto era urgente, para ya. No pude aplazar más y dejé rodar la película (perdón por la metáfora, en las TIC del Siglo 21 hice clic…).

Imposible, sencillamente imposible. En un extraño caleidoscopio comenzaron a mezclarse en la memoria las voces de Daniel Coronell y María Luisa Mejía trazando con palabras el intento de Herzog por atrapar en su lente el delirio y el vértigo de lo jamás visto, el intento de Europa por comprender, sin aprender, la geografía y el paisaje que desquician, la mirada del colonizador que quiere y no quiere, que intenta pero no deja de ser. Aguirre, der Zorn Gottes (Aguirre o la ira de Dios) es la historia contada desde la visión de la presa, es la historia que se cuenta desde dentro de la trampa, desde la fascinación del color y la forma, desde el intento de la razón por llenar el abismo entre puntos con una línea, es la metáfora del pincel que quiere, en dos líneas, entre dos orillas, crear y recrear.

Las voces se hicieron eco; después los fragmentos de Galeano, La Memoria del Fuego, o el fuego  que no deja de ser memoria, los cuentos, los relatos, las historias jamás escritas, jamás contadas, la nostalgia de lo que no fue, ausencia… Las voces cedieron, se deslizaron en susurros por los recovecos de la química cerebral, regresó la ceguera, la que usted necesita para ver esta película, la que necesita para intentar leer esta película, la que necesita para renunciar a la trampa del olfato y el gusto, a la tentación de negar la crispación de las manos rompiendo celofanes y paquetes.

“Esta película está dedicada a la memoria de los pueblos cuya canción nunca conoceremos”, la que Ciro Guerra intenta describirnos, desestructurando el texto en pre-textos, desaprendiendo la gramática y la semiótica, la que intenta narrar desde un ojo arcaico, dos fósiles, una retina limpia no infectada por el color, y el daguerrotipo.

Limpio de color y vértigo regresa el abismo de los puntos, de la infinita gama de grises que ponen distancia entre los blancos, la transparencia, los reflejos y los destellos de la luz y las sombras. Desde esa experiencia cercana a lo negro se disuelven las orillas y como Akira Kurosawa (Sueños) desde la estructura del sueño desafiando la razón y más acá de la lógica, Guerra nos relata una historia que empieza en el tercer cerebro, el de los reptiles, que subsiste en nosotros, desde ahí la mirada del jaguar salta atravesando el sueño y la mano lo atrapa en el dibujo y el papel; el trazo viaja y se encuentra con la mancha que desde la magia recupera la imagen y la plasma en la roca y en la piel, el jaguar. Los tres jaguares, los dos hombres… este desencuentro de soledades y miedos comulga en la muerte.

Las líneas se diluyen y en la metáfora se multiplican las anacondas. Una desde el lenguaje occidental, la vía láctea; la otra, que describimos con otra voz prestada, la de los ríos del Amazonas; la otra, la que es biología, piel y músculo; y otra que desciende o asciende desde los cielos o desde el centro de la tierra; y la que te abraza.

“Acosada por el hambre y la nostalgia, la serpiente fue a buscarlo.

Enroscó su cuerpo en torno a la aldea culpable, para que nadie pudiera escapar. Los hombres lanzaron todas sus flechas contra aquél anillo gigante que les había puesto sitio. Mientras tanto, la serpiente no cesaba de crecer. Nadie se salvó. La serpiente rescató el cuerpo de su padre y creció hacia arriba.

Allá se le ve, ondulante, erizada de flechas luminosas, atravesando la noche.”

La Vía Láctea, Memoria del fuego (I) Los nacimientos

Eduardo Galeano.

Bogotá, D.C., Febrero de 2016

Por: Dean Lermen G.


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