El oro de los ciegos

Foto a blanco y negro, Jorge Luis Borges sonriente

Foto a blanco y negro, Jorge Luis Borges sonriente

Jorge Luis Borges – Imagen: http://bibliotecaignoria.blogspot.com.co/

Nadie rebaje a lágrima o reproche

esta declaración de la maestría

de Dios, que con magnífica ironía

me dio a la vez los libros y la noche.

(Jorge Luis Borges, Poema de los Dones, 1960)

El servicio comunitario del grado once, en el colegio, lo elegíamos entre una lista no muy larga que la institución educativa tenía de actividades, que en realidad, la mayoría de estudiantes no queríamos realizar. Uno: trabajar con “la profesora de artes” (que de arte y vanguardias no sabía nada) en un sitio en la misma institución que era una especie de bosque; debíamos hacer senderos, cercar los árboles, quitar la maleza, etc. Dos: hacer parte de Los Patrulleros Cívicos del Huila y aguantarnos el dantesco sol neivano para ayudar a dar vía en las calles (a los Patrulleros los contrataban en fiestas de quince, con sus uniformes amarillos y toda su gala, para ejercer de chambelán en aquellos eventos, situación que siempre me ha parecido irritante). Tres: armar un proyecto social en alguna comuna de la ciudad. Cuatro: ayudar en alguna institución u ONG ya consolidada. Escogí la cuarta debido a la premura que me acosaba y al imaginarme no graduado en aquel año solo por aquel requisito.

Alguien salió con la idea de trabajar en la Asociación de Limitados Visuales del Huila. Con mis compinches Diego, Miller, Dalia y con el “compañero Juan Camilo” (futuro pseudomamerto) nos fuimos a allá a averiguar.

Obviamente no sabíamos nada de invidentes. Llegamos, nos ofrecimos como voluntarios y don Luis, el encargado, nos recibió diciéndonos que en una semana teníamos que ayudar a organizar un campeonato nacional de fútbol para ciegos que se llevaría a cabo en el coliseo de la capital huilense con equipos del Quindio, Antioquia, Valle, Bogotá y Tolima. La idea me pareció sumamente interesante, puesto que conlleva que ellos, evidentemente, jueguen futsal, pero con un balón acondicionado con unos sonajeros dentro de este, el cual les permite guiarse en la cancha para buscarlo, patearlo y todo lo demás que permita hacer las respectivas jugadas para llegar a anotar goles. Esto también con la ayuda de sus directores técnicos quienes los guían con su voz desde fuera del campo de juego.

Antes de la organización del campeonato nos presentaron con todos los integrantes de esta institución. A cada uno les estrechamos la mano y el último ciego, un señor de edad, parlanchín y muy jocoso, me dijo que la mía (mi mano) era más grande que las demás, lo que me pareció muy curioso, nadie me lo había expresado y nunca había caído en cuenta de esto. Pensé inmediatamente en que todavía confiaba mucho en mi sentido de la vista y que habían muchas cosas que no “veía” con mi piel ni mis oídos. De ahí en adelante empecé a fijarme en las manos de los demás, en el tamaño y la forma de su palma y sus dedos, de si han trabajado mucho o si no lo han hecho y de cómo la gente me saluda con ellas. Realmente he llegado a muy buenas conclusiones mirando y palpando las manos de la gente.

De ese grupo de ciegos recuerdo con mucho aprecio a Blancanieves, una señora que vendía chance y dulces a la entrada de la Universidad Cooperativa. Era feliz, la gente lo sabía con solo verla. Vivía siempre con una sonrisa en su rostro y reía todo el tiempo, lo que me hace pensar ahora que era de ese tipo de almas libres como las definía Bukowski: el alma libre es rara, pero la identificas cuando la ves: básicamente porque te sientes a gusto, muy a gusto, cuando estás con ellas o cerca de ellas.”

Los días anteriores al campeonato, después de clases, íbamos a ayudar a los integrantes de la asociación con los quehaceres o diligencias que correspondían: ir con ellos a alguna entidad financiera, acompañarlos a hacer alguna actividad al aire libre, o simplemente escucharlos, que era lo más agradable para mí. Servirles de lazarillos cuando estábamos en el centro de la ciudad era una encantadora expedición a tientas para ellos, porque en su supuesta oscuridad (para ninguno de ellos el universo circundante era absolutamente oscuro, pues veían ciertos colores y sombras) sabían exactamente dónde se encontraban y lo vivían diciendo: “¿estamos en la carrera sexta con séptima al lado del Servientrega?” Y nosotros como quien presencia un acto de magia: “¡Sí!, ¿cómo supo?” Otro de sus dones era identificar la denominación de los billetes y saber si eran genuinos o falsos. En ese momento (1999) no habían salido las evidentes marcas en braille de los billetes de ahora. Les pedí muchas veces que me dijeran cómo era ese truco, pero nunca nos quisieron revelar sus secretos.

Pasó el tiempo volando y llegaron todos los jóvenes jugadores de cada comitiva a quedarse en esa gran casa. Nos correspondió ayudarlos en diferentes tareas: organizarlos en sus cuartos, ayudar con sus maletas, transportarlos al evento y llevarlos hasta el mismísimo campo de juego. Ya no recuerdo quién ganó, creo que fue Bogotá, pero al final para ellos eso no importaba.

Recuerdo que uno de aquellos jugadores tropezó, cayó al suelo, se golpeó la cabeza y sangró mucho, pero siguió jugando e hizo un gol en ese mismo partido. Estaba tan contento que su herida lo convertía en lo más cercano a un héroe de guerra.

Al final, todos comimos y celebramos tomando cerveza y hablamos de muchos temas, entre ellos la incapacidad de ellos al no poder adaptarse completamente en esta sociedad excluyente. Era el tema en boga en ese momento, pero otros preferían hablar de sus conquistas personales, profesionales y amorosas. Me divertí demasiado y debo confesar que me embriagué (era la segunda vez que lo hacía) tratando de seguirles el ritmo en su forma de beber (¡ellos no se emborrachan!) No sé si la ceguera les deba ese otro atributo de ser inmunes a los efectos del alcohol.

Pasaron muchos años y nunca volví a esa asociación. El último ciego que conocí y al cual le tengo mucho aprecio fue a Jorge Luis Borges, otra de esas personas libres, quien aún veía el color amarillo, y por eso le gustaba tanto sentarse en el zoológico de Buenos Aires en frente de los tigres para intentar ver el entramado dorado de las rayas negras de sus pelajes. Borges me ayudó a recordar esos días de mi trabajo social cuando hablaba de manera optimista de su propia ceguera: “La gente se imagina a los ciegos encerrados en un mundo negro (…) ¿Quién puede conocerse más que un ciego?”

 

Por: Fernando Laiseca (@fernandolaiseca en Twitter)

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